Aunque muchos se despistan en la salida del puente, cuando se bifurca, y cogen el ramal para desviarse a la derecha cuando en realidad quieren girar a la izquierda por Conde de Trénor. En las horas punta, las de mayor tráfico, no será extraño que se formen atascos en este punto.
Esta nueva obra tiene beneficiosos efectos colaterales. Este brazo que une los dos flancos del viejo cauce se alza entre dos puentes de abolengo que ahora respirarán mejor. Al este, el de la Trinidad, del siglo XV, que se queda con un sólo carril viario; al oeste, el de Serranos, del siglo XVI, por donde ya no pasarán más coches. Ayer ya era de los peatones. Pero el hombre, ya se sabe, es animal de costumbres y la gente seguía caminando, apretujada, por las estrechas aceras mientras, en el centro, nadie chafaba el asfalto.
Al final del puente de Serranos, el carril de la calle Guadalaviar más próximo al río también está cortado. Una anciana espera sentada en una parada el autobús que nunca llegará. La mujer no ha visto los avisos que alertan de que se ha suprimido esa parada. La costumbre, otra vez. A la fuerza aprenderán los conductores que se ven obligados a dar un rodeo por Zaidía para embocar el Pont de Fusta. Que no es de madera ni salva ningún río. Para que lo entienda la niña…